La fragilidad y la distracción en un sábado de Gloria





Ese día desperté sin ánimo; realmente me molestaba el hecho de haber tenido que trabajar cuando me correspondía descansar y peor aún, justo en el centro de las fiestas de la semana santa; por encima de todo, tener que realizar actividades que había dejado atrás hacía ya mucho tiempo no era una idea agradable.

Un tanto contradictorio, sentía una extraña emoción; hacía eco en mi cabeza un “por los viejos tiempos” ya que iba a trabajar junto a compañeros con los que acostumbraba realizar estas labores años atrás.

Entre bromas, insultos, cansancio y frustraciones “sacamos la chamba”, se logró el objetivo que teníamos dentro del apretado margen de tiempo que se nos había marcado. De verdad fue un gusto haber compartido esas horas junto a aquellas personas, no obstante extrañé a mi familia; aunque suene un poco cursi, el hecho de haber pasado 2 días previos y fuera de rutina con ellos para después estar todo ese día trabajando en algo casi olvidado y sin ellos cerca me causaba un pequeño golpe emocional.

Mientras realizaba algunas de las tareas noté algo de lo que no me había percatado antes… mi agudeza visual se ha disminuido sustancialmente. Trabajaba con unos cables que debía ordenar de acuerdo a un código de color y aunque a mi parecer había suficiente iluminación ¡yo fui incapaz de distinguir los colores! Me tuve que valer de la lámpara de mi celular para poder hacer una correcta distinción y acomodo. Un poco mas tarde buscaba una contraseña en una pequeña etiqueta que estaba pegada en el costado de un aparato a unos 30 centímetros de mis ojos, lo único que lograba ver eran lineas difuminadas de lo que parecían ser palabras. Tuve que alejar un poco el aparato, inclinarlo y hacer una mueca acompañada de un entrecerrado de ojos… solo así me fue posible enfocar el texto y obtener la clave.

Un frío que no había sentido antes paso por mi espalda y me invadió una ansiedad y una desesperación junto con un dejo de tristeza. Tomé entonces el celular y le envié un mensaje a mi esposa:

¡Me estoy haciendo viejo!

Tuvimos una charla al respecto en la que me devolvió el ánimo y me ayudó a sobrellevar aquella complicada jornada.




Exhausto, adolorido y con un ceño de pocos amigos iba conduciendo de regreso a casa, pero tenía hambre, así que decidí llegar por algo para cenar. Mientras esperaba a que mi orden fuera preparada, le conecté a mi celular unos audífonos, pues un querido amigo que es cantante y compositor me había compartido un par de ejecuciones de su obra en progreso y no había tenido oportunidad de escucharlas, pensé que ese sería un buen momento para hacerlo, pero mi celular pensó diferente y murió… la batería estaba agotada.

Me encontraba tan cansado que no tenía ni ánimos de enojarme; solo me puse de pie, camine hasta mi auto y lo abrí, arrojé el celular sobre el asiento del copiloto y me regresé a sentar en una de las sillas que el sitio donde había ordenado la cena tiene a manera de “sala de espera”, la diferencia es que estos están fuera del establecimiento.

Entonces ahí estaba yo, sentado, libre de tecnología que robara mi atención; sin más, me dispuse a observar el “mundo real”. Le puse atención al viento que corría y hacía que las hojas de los arboles bailaran a un mismo compás… sentí ese mismo aire en mi piel, lo cuál es curioso, pues pasa todos los días y varias veces al día, sin embargo hacía tiempo que no le daba importancia.

Con la mirada hacia el cielo vi como las nubes en diferentes tonalidades y densidades navegaban por los aires en las alturas, fue algo muy bonito pues era ya la hora del crepúsculo. Seguido de esto, me llamaron la atención un par de palomas de collar sobre los cables la compañía eléctrica, iban de uno a otro y hacían movimientos como si bailaran… ¡Era un cortejo! Mismo que felizmente acabó en apareamiento.

Entonces me enfoqué en las expresiones de las personas que transitaban en sus vehículos y notaban el puesto de tacos en el que estaba. Cómo abrían los ojos y sonreían al ver aquel trompo de carne al pastor en un vibrante y jugoso rojo escarlata.




Por supuesto muchos iban sumidos en sus celulares y se perdían de todo esto, probablemente de la misma manera que yo me hubiera perdido el viento, las hojas, las nubes, las aves y las expresiones de las personas al pasar por el lugar de no haber sido por la descarga de mi teléfono.

No se en que momento comencé a envejecer y aunque es bonito, melódico y poético decir que la edad esta en la mente, es una absoluta mentira. Si, es cierto que se puede tener los ánimos y la osadía de un joven, tal vez con un régimen adecuado de ejercicio hasta sea posible mantener la energía, pero no importa lo que creas o dejes de creer… El cuerpo envejece, se degrada y eventualmente deja de funcionar. Pasa tan rápido que no te das cuenta.

La vida es demasiado corta y el paso al que vamos por ella es muy acelerado.

¿Cuántos momentos y experiencias nos hemos perdido por estar viendo imágenes de gente que no conocemos y a la que no le importamos en Instagram, situaciones de extraños y pensamientos vagos en Twitter o dramas totalmente ajenos a nosotros en Facebook? ¿Cuanto tiempo hemos ignorado a aquellos que nos dan el privilegio de contar con su presencia física frente a nosotros para darle prioridad a aquellos que están del otro lado de la línea en Whatsapp, Alo, Hangouts, Skype o FB Messenger?

No tengo la autoridad moral para dar ninguna clase de consejo, pues vivo esta realidad y tengo algún dispositivo conectado a la red casi el 100% de mi tiempo consciente. En este preciso momento estoy escribiendo estas líneas en una computadora. Lo que si puedo hacer es decir lo que me gustaría llevar a cabo y es disfrutar a quienes tengo mientras los tengo cerca.

Un fuerte abrazo y un “todo va a estar bien” jamás podrá ser sustituido por un pulgar arriba o un emoticon.

Hace mucho pasó la hora de parar la deshumanización y desensibilización… pero nunca es tarde para intentar.




(c) 2017 Jemile Marcos.

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